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Cuando sea viejo...

 

Gijón 2.009

Madres Castrantes

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Magazine La Vanguardia - 25 de marzo de 2.003

 

Cuando sea viejo...

No quiero ser pesado repitiendo a todo el mundo mis historias hasta el aburrimiento.
No quiero resultar un gruñón y cascarrabias a quien todo molesta y para el que la vida es un fastidio.
No quiero andar quejándome de mis achaques a todo el que me encuentro y lograr que me eviten.
No quiero dar que hacer a quien me cuide, más allá de lo imprescindible y necesario.
No quiero abandonar mi aspecto externo y descuidarme, antes muy al contrario, quiero ocultar, en lo posible, mis signos de declive, para no inspirar pena y menosprecio.
No quiero que me traten como un trasto inservible ni ser utilizado ni que me ninguneen si no soy ya rentable.
Quisiera controlar mis manías para no ser objeto de murmuración y de risa a mis espaldas.
Quisiera que me dijesen con cariño lo que debo cambiar y yo aceptarlo de buen grado en vez de resistirme.
Quisiera ser tratado con respeto a pesar de no estar ya en el mercado de trabajo.
Quisiera ser interesante y atractivo para los que me traten, sean jóvenes o viejos.
Quiero irradiar jovialidad, frescura y dinamismo para que no me vean como un viejo acabado e inspirar con ello gran respeto. Quiero tener mi mente activa, observando la vida, satisfaciendo mi curiosidad y aprendiendo hasta el dia de mi entierro.
Quiero andar con la cabeza erguida aunque ya esté encorvado.
Quiero mirar al frente y al futuro, aunque sea corto e incierto, evitando ser presa de la nostalgia del pasado.
Quiero llevar con dignidad mis achaques, mis años y mis pérdidas sin amargar a nadie con quejas permanentes.
Quiero seguir sacándole a la vida el jugo que me ofrece y ser útil a pesar de los años.
Quiero morir con dignidad y que no alarguen mi vida más allá de la cuenta haciéndome sufrir inútilmente.
Quiero vivir, a ser posible, en casa mientras me valga, rodeado de mis cosas.
Si por cualquier razón termino en una residencia pido a mis cuidadores que no se aprovechen nunca de mi impotencia e indefensión.
Todo esto, por lo menos, me gustaría que sucediese cuando sea anciano o viejo.

Miguel Silveira Gijón 2009

Madres Castrantes

Hay cariños que matan, desde luego. Hay madres que tienen el gravísimo defecto de sojuzgar y someter a sus hijos hasta extremos de escándalo, sin querer darse cuenta de que el daño creado es casi de juzgado de guardia, haciéndolo en nombre del amor y se quedan tan panchas. Madres escrutadoras, inquisidoras que siguen todo el tiempo el rastro de sus hijos sin apenas descanso ni respiro. Les llaman con frecuencia, algunas varias veces al día, para saber donde están, con quien y cómo, que están haciendo o van a hacer, si han ido al cajero o que pan han comprado para el almuerzo. No importa que haga tan sólo algunas horas que supieron de él o ella. El caso es tener completa información de sus movimientos y hasta sus sensaciones y pensamientos. No sólo les llaman sino que pueden meterse en la vida sentimental del hijo para boicotearla o sabotearla. Si viven cerca de la hija porque esta ya tiene casa propia, o le piden la llave o allí se le presentan sin haber previo aviso ni invitación filial, con la excusa de ofrecerle un plato cocinado para el día. Otras veces exigen a su hijo que vaya a visitarles con frecuencia y si no lo hacen le cae una buena bronca. Frecuentemente le culpabilizan, manipulan y utilizan abierta o sibilinamente de tal forma que el hijo se sienta atrapado en la culpa y con la sensación de estar frustrando los deseos dominantes de su madre. La atmósfera de asfixia es irrespirable mientras algunos hijos (si son únicos tienen más riesgo de sufrir esa cruz) se someten, se ciñen, se pliegan y obedecen al dominio castrante y quedan atrapados cual insecto en la tela de araña. Ante esas madres que no ceden en su afán de dominio y de maltrato no queda más remedio que declarar una desobediencia civil en toda regla, arriesgándose a sufrir un escándalo, una riña severa, amenazas y gritos amén de manipulaciones verbales, chantajes y a veces improperios. No importa. Ante esas madres castrantes ¡desobediencia! hasta la liberación final y el escarmiento total. Es cuestión de vida o muerte, de sometimiento o de liberación. Atención, hijo o hija esclavizada, o cedes y te sometes o te libras del yugo. Casi no hay medias tintas. Tu vida privada y sentimental es sólo tuya y ni en nombre del cariño puede ser invadida o violentada. Me refiero naturalmente a los hijos mayores que debieran estar emancipados en el momento en que ya son adultos. Respecto a los pequeños ya hablaremos.

Miguel Silveira. Gijón 2009

Violencia Marital Anunciada

Aunque parezca extraño se puede predecir con precisión si una mujer se va a exponer una relación amorosa violenta si se tienen en cuenta las siguientes claves de conducta. Si tu novio o pareja trata de controlar tus movimientos, tus contactos con el sexo masculino, si se mete con tu forma de vestir y maquillarte o peinarte, si te prohíbe pararte a hablar con otros y si te riñe porque miras a otro. Si en las relaciones sexuales te fuerza a actuar como a él le apetece independientemente de tus gustos personales, si te vigila celosamente mucho, si te pregunta con quien y donde estabas a tal hora, si se enfada por nada y muestra celos de que te relaciones con otras personas. Si te riñe fácilmente o insiste en pedirte todo tipo de explicaciones de tus actos, movimientos y gustos. Si te infravalora detrás y delante de la gente y te hace de menos con comentarios o palabras hirientes. Si se muestra controlador y con afán de imponer su poder en cuanto le es posible. Si por nada te culpa de lo que sale mal aunque sea él el autor y nunca está dispuesto a admitir su culpabilidad aunque la tenga y nunca se arrepiente. Si no reconoce que se pasa contigo cuando abusa de su poder y de tu confianza. Si a veces te amenaza con pasar a mayores o te levanta el brazo. Si coarta tu libertad de forma escandalosa y ostensible. Si tiende a degradarte, te insulta o por nimiedades te da voces o riñe abiertamente o te humilla. Si tiende a aislarte de tu familia y amistades y quiere que estés a su lado y su servicio de forma permanente. Si aunque te dice que te quiere se enfada o pierde los papeles sin causa suficiente y con frecuencia. Si le da por romper alguna cosa en accesos de ira o tiene explosiones de genio. Si está muy bien contigo y tan feliz y de pronto se pone hecho una fiera sin fundamento alguno. Si la mayor parte de estos comportamientos los muestra incluso cuando la relación no está formalizada en matrimonio ten la seguridad de que la relación será violenta cuando no tenga que estar ya en guardia y con cuidado. Usará la violencia verbal o física, llegado el caso. Si esto lo escribo aquí no es para desanimar a nadie de tener una relación amorosa sino para prevenir a la futura víctima y dar algunas pistas para obligar a que el futuro maltratador no tenga más remedio que cambiar o perder el amor de esa persona. Hay que hacerle cambiar antes de firmar el contrato.

Miguel Silveira. Gijón 2009

Dependencia emocional

No tenemos más remedio que depender de los demás porque pertenecemos a un mundo integrado, interconectado, porque somos parte de un todo inextricablemnte conjuntado. Dependemos para nuestra alimentación, nuestro trabajo y nuestra salud. Dependemos de que los demás nos compren o nos vendan, del banco, de quienes nos proporcionan energía, de la familia, de los profesionales o de nuestros vecinos. Por tanto es un imperativo reconocer que hay un nivel de dependencia ineludible. Pero estarán conmigo en que a veces esa dependencia la propiciamos o incluso exageramos nosotros en tanto en cuanto delegamos en los demás y consentimos o buscamos que sean ellos los fuertes, los andamios en que nos apoyamos o los imprescindibles. En cuanto consentimos en transferir al otro gran parte del protagonismo, la autogestión y la responsabilidad que nos corresponde estamos demostrando que el control de nuestra vida se traslada a manos ajenas quedando demasiado a expensas o a merced de esos apoyos exteriores, que si nos fallan hacen tambalearnos. Cierto que es más cómodo transferir a los demás la responsabilidad de nuestro autocuidado pero el precio a pagar es perder auto sustentación, es trasladar fuera nuestro control interno. Desde el instante mismo en que cedemos a los demás nuestra sustentación quedaremos expuestos a que si el otro, por la razón que fuese, nos retira su apoyo, su amistad o su amor, se nos va, nos da la espalda, nos falla o se nos muere quedaremos derrumbados, indefensos, perdiendo la capacidad de autogestión y con ella la autoestima hecha pedazos. Por eso, sin renunciar a una dependencia ineludible y hasta comprensiblemente placentera es mejor aprender a estar a gusto con nosotros, saber entretenernos solos en múltiples momentos, tomar la iniciativa, decidir uno mismo y resolver asuntos sin tener que apoyarnos por sistema en la muleta de la gente. Tal entrenamiento procede cuando los demás están muy ocupados y pendientes de sus asuntos, como suele ser lo habitual. Depender de ellos es necesario y nos ayuda cuando estamos algo debilitados y pasamos por momentos de apuro o no podemos valernos por nosotros mismos pero depender enteramente de los demás debería ser tan sólo cuando no queda más remedio. La autonomía es una medida sabia y una sabia inversión.

Miguel Silveira. Gijón 2009

Era una gran persona

No suele fallar. En casi todos los funerales cuando damos el pésame a los familiares del difunto o en los corrillos que se organizan delante de la iglesia o en los tanatorios modernos se escucha con frecuencia esta frase: “Era una gran persona”, “era un chico estupendo”, “era una madre ejemplar”. Aprovechamos entonces para resaltar las cualidades del difunto con profusión de palabras y gestos. Todo ello a posteriori, una vez que el finado es eso, una persona que se ha ido, que ha finalizado su existencia. Nos sale de dentro. Es como si tuviésemos un sentimiento que había permanecido escondido y oculto y de pronto este aflorase con espontaneidad y se nos olvidasen las acciones negativas que el muerto había tenido con anterioridad y que sí comentábamos, sin embargo, cuando estaba entre nosotros, abiertamente y poniendo mucho énfasis. La única pena es que el muerto no se entera ya, no le sirve para nada, no puede sonreir ni siquiera alegrar su semblante. Su corazón no se conmueve ya y no puede gozar de tales alabanzas. ¡Y son tantos los que las habrían echado de menos durante su existencia! Y no es que no sirva a la familia de consuelo, pero no es lo mismo. Así pasa que muchos se mueren sin saber si los demás les quieren, les admiran y les van a echar de menos, cuando no estén aquí. Y lo mejor es que estamos sedientos de tales muestras afectivas, entre otras razones para seguir viviendo con cierta ilusión y cierto encanto y para animarnos a seguir realizando buenas obras. Parece que esperamos a su marcha para hablar bien de las personas y nos cuesta trabajo reconocer los méritos y hacérselos saber. Nos sale por el contrario con más facilidad de nuestros labios el reproche cuando algo no hacen bien o conforme esperamos. Esto es una constante entre nosotros. Por tanto no se puede esperar a que nuestros seres queridos y amigos y colegas se ausenten de este mundo para que sepan que se les tiene aprecio y que los valoramos. Tenemos que decir de vez en cuando qué bien nos cae la gente, qué agradecidos les estamos, qué contentos estamos de tenerlos por amigos, tenemos que decirles sin remilgos lo que nos gusta de ellos. Tenemos que transmitirles la buena opinión que tenemos de sus comportamientos y expresar nuestros buenos sentimientos. Tenemos también que pedirles perdón si les hemos ofendido en lugar de esperar a arrepentirnos luego cuando ya están ausentes. No se puede esperar a volver del cementerio porque en cuanto menos lo esperen y esperemos estamos en la otra vida, en cuestión de un suspiro.

Miguel Silveira. Gijón 2009.

Hacer cambiar a otro

Mucha gente se pregunta si se puede conseguir que otra persona cambie de estilo, de comportamientos, de mentalidad y no encuentran una respuesta clara o no saben cómo poder hacerlo. Sin embargo la respuesta es afirmativa. Podemos conseguir que otra persona cambie mediante dos intervenciones. La mejor y la más deseable, por racional, es lograr convencerle, persuadirle del cambio, aduciendo argumentos y razones que lo avalen, es demostrarle con palabras y hechos que puede cambiar si es que se lo propone. Esta intervención es intelectual pues le hace trabajar su entendimiento, tiene que discurrir y busca hacerles caer en la cuenta de las ventajas que ello tiene. Si le convencemos por esta vía estamos utilizando lo más noble del ser humano, a saber su inteligencia. El otro camino sin embargo no es tan estético y llevadero, es más agresivo y vilento pero es operativo y eficaz. Consiste en escarmentarlo, es decir, para que no suene demasiado castigador, es conseguir que el otro no tenga más remedio que modificar su comportamiento, que se encuentre obligado y forzado por los hechos a tener que cambiar o quedar avocado al fracaso, es conseguir que los hechos le obliguen a rectificar su trayectoria y ver que no queda otra alternativa mejor. En esto la vida y la experiencia son buenas pedagogas. De este planteamiento la naturaleza ofrece abundantes ejemplos. Una madre puede tratar de convencer a su hijo adolescente de que no ande como un loco con la moto y fracasar pero si se estrella con un coche o la acera quedará escarmentado y quizás conduzca después prudentemente. Puede un doctor tratar de convencer a un fumador de que se cuide y no hacer caso pero si le diagnostican un cáncer de pulmón seguro que lo deja. Y usted puede esquiar sin poner gran cuidado pero si un día se le rompe un ligamento a lo mejor aprende del escarmiento. Siga pensando ejemplos. Lo interesante es saber que, aunque cueste trabajo hacer que el otro cambie, y cambie uno mismo, las dos vías funcionan. El caso es ser algo inteligentes, pensar en las ventajas y el los contras y convencer o convencerse sin forzar más las cosas. De todas formas conseguir que otro cambie es un trabajo duro. Si aprende a convencer, le felicito, si no encuentra la forma de persuadir a alguien, no se preocupe seguro que la vida se encargará de hacer ese trabajo. La realidad se impone y la vida suele pasar factura.

Miguel Silveira. Gijón 2009

¿Cual es su prioridad?

Inmersos como estamos en la vorágine social de prisas y de aceleración, empujados por la impaciencia y por la urgencia, apenas si encontramos de vez en cuando unos minutos para ponernos a pensar en qué vida llevamos y sobre todo cual es o son las prioridades por las que nos regimos de verdad. Digo, de verdad, porque si le preguntas a la gente cual es su prioridad a buen seguro te responden que es su salud y su familia, dejando el trabajo y el dinero en el tercer lugar. Sin embargo los hechos, que no nuestras palabras, son los que en realidad hablan por nosotros y delatan nuestras finalidades e intenciones. Porque decir, decimos lo que es políticamente correcto o se espera que digamos y hasta nos lo creemos. Decimos que lo principal es nuestra salud y nuestra familia pero nuestra incoherencia nos delata, porque ¿cómo podemos decir y quedarnos tan panchos que nuestra salud es lo primero si comemos sin control lo que nos hace daño, castigamos el hígado bebiendo o fumamos dañando los pulmones? ¿Cómo podemos decir que es la familia cuando lo que en realidad hacemos es dedicarnos al trabajo y en los ratos de ocio ver la televisión sin apartar un tiempo para tratar de resolver los problemas que se nos presentan en familia? Aparte de cuatro inteligentes y coherentes la mayor parte de nosotros anteponemos muchas veces otras motivaciones diferentes a las de la salud y la familia. La autoridad del argumento reside en la fuerza de los hechos, en lo que hacemos. A eso hay que apelar pues obras son amores y no buenas razones. Lo cierto es que enfrentar las prioridades nos produce desde incomodidad hasta cierto temor de enfrentarnos a nosotros mismos y descubrir, si somos sinceros, que tendríamos que reestructurar en parte las prioridades por las que deberíamos guiarnos. Otros, y esto es más lamentable, viven no por sus prioridades sino por las que las circunstancias o los demás les marcan desde fuera, ya sea la publicidad, la moda, la presión social o lo que fuera. Lo interesante es vivir teniendo las ideas bien claras, ser sinceros y repensar nuestra forma de vida o qué nos mueve a actuar de cuando en cuando. Pero eso… cuesta mucho trabajo.

Miguel Silveira. Gijón 2009

El cachete prohibido, un error

Me encuentro irritado y desalentado no tanto por la prohibición, a causa de una reciente ley del Congreso de España, del uso del cachete sino del significado que conlleva para la sociedad la reforma del artículo 154 del Código civil que donde decía que los padres podían corregir "razonable y moderadamente sus hijos" (no decía duramente) ahora dice que deberán reprender a los menores "atendiendo a su integridad física y psicológica".
 
Esto significa no sólo que quien de una bofetada a un niño estará fuera de la ley sino que en realidad esto encierra el significado de que los padres acaban de sufrir una limitación más seria todavía en el ejercicio de su autoridad. Ya saben y sabían los hijos que si sus padres les tocaban podían denunciarles y estos podrían ser llamados por el juez, ya se sabían en cierto modo intocables, reyezuelos, y dueños de la situación.
 
Ahora con este paso de ser respetados en su integridad fisica y psicológica seguro que darán un paso más y me temo que denunciarán a sus padres por el hecho de castigarles sin paga, sin salir un domingo o sin móvil durante dos semanas. Va a pasar, estoy seguro, que los menores de cualquier edad, sin son algo avispados, irán aumentando su conciencia de poder y dominio hacia sus padres y los más atrevidos podrán llegar con más frecuencia y en más casos hasta insultar, pegar y golpear a sus padres, sabiendo que no tiene mayores consecuencias para ellos ese tipo de malos tratos.
 
Es decir que los padres acaban de recibir simbólicamente un mazazo en el ejercicio de su legítima autoridad (aunque sea correcto prohibir los malos tratos físicos) y a los niños se les acaba de estimular una mayor conciencia de su impunidad en el trato agresivo hacia los padres. Lo que nos faltaba ya para que los padres se viesen limitados en el ejercicio de su autoridad, aunque tal ejercicio no haga falta ejercerlo a base de tortazos.
 
El mensaje que la gente entiende implícitamente, aunque explícitamente no se diga, es que los padres van quedando seriamente maniatados y sin muchas posibilidades reales de reprender y corregir porque tendrán enfrente la reacción de sus pupilos cuando se les ocurra reprenderlos y corregirlos, aunque sea psicológicamente.
 
Ya lo verán ustedes. Todo un congreso de los diputados reunido para aprobar esta reforma sin aprobar al mismo tiempo otra ley que diga qué consecuencias aversivas van a tener esos hijos, cada vez más numerosos, que la emprenden a golpes con sus progenitores, sin respetar la integridad fìsica de estos y saltándose los límites más básicos. Esto, ¿cómo se come y se digiere?
 
Me parecería lógico completamente que se hubiese legislado en esa dirección también para equilibrar la balanza y evitar que los hijos se les suban a sus padres las barbas y aquí no pase nada. Pero, no. No entiendo, la verdad, el por qué de esa asimetría cuando el ejecutivo tiene constancia de los graves problemas a los que se enfrentan los padres en el legítimo y necesario ejercicio de su autoridad, cuando tienen que imponer normas y deberes a esos chicos.
 
Que el lector piense qué favor hacemos en esta sociedad a quienes les corresponde la tarea de poner límites y normas y hacer que estas se cumplan, a quienes tienen la obligación de educar moralmente a sus hijos, sea cual sea el nivel social al que nos refiramos, cuando se ha ido extendiendo la sensación de que cualquier ejercicio de la autoridad es practicar el autoritarismo, lo cual es un error. Lo dicho, a partir de este instante los padres y profesores y los que tienen que mandar lo van a tener cada vez más difícil y más crudo y la gobernabilidad familiar en general, que requiere dar órdenes y aplicar sanciones a las transgresiones reiteradas de la norma, se verá más dificultada.
 
Lo digo porque si ya desde hace tiempo un padre o un profesor no podía no ya pegar sino ni sancionar porque se les echaban encima los hijos a los padres y los alumnos y sus padres a los profesores, a partir de este instante se correrá la voz de que se puede denunciar a los padres por no "haber respetado la integridad psicológica" del hijo. El tiempo lo dirá pero me temo que la cosa se hará más complicada para los agentes que detentan la autoridad, y no sólo para los padres.
 
Es una mentalidad que va creciendo la de oponerse a cualquier forma de autoridad y discutirla, boicotearla o atacarla. Ver veremos. En todo caso, señoras y señores padres, no tengan miedo a ejercer la autoridad poniendo unos límites concretos al comportamiento de sus hijos, dado órdenes y poniendo algunas prohibiciones, y no tengan miedo a sancionarles haciéndoles que pierdan algo que valoran siempre que los transgredan reiterada y voluntariamente, porque eso también forma parte de la responsabilidad de educar, además de acariciarlos, estimularlos, reforzar sus progresos, escucharlos y cuidarlos.
 
Mejor es ya desde muy pequeños aplicar el ejercicio de la autoridad para evitar en el futuro que sean ellos los que vayan teniendo conciencia de que en su vida se hace lo que ellos quieran y de que son intocables. Y en cuanto al cachete no puedo defenderlo por si me encausan por fomentar su uso, pero ya pueden imaginar cual es mi posición en este tema. Aunque la asimetría está bien en ciertas áreas de la vida en este tema no me parece que sea acertada ni justa.

Miguel Silveira

Claves para entender la violencia de pareja

Cuando una mujer muere a consecuencia de una agresión criminal perpetrada por su pareja o ex pareja, como está ocurriendo casi a diario en toda España, quedamos estupefactos y espantados, a pesar de que ya estamos acostumbrados a estas horribles noticias. Nos preguntamos qué puede pasar por la mente de tales agresores en esos momentos y cómo son psicológicamente para llegar a tal grado de violencia.
En los momentos previos a tal acto lo que predominantemente ocupa el cerebro del parricida es la idea de la eliminación de la víctima. La eliminación es para él el supremo descanso a la tensión interna en que se encuentra. Al matarla elimina a la rival y desahoga el rencor que siente.
El crimen es la máxima expresión de violencia de pareja frente a otros actos violentos psicológicos y físicos acumulados. Porque no hay que engañarse, esa violencia no surge repentinamente. Ya se venía fraguando y ejerciendo de distintas maneras. En esos momentos se alcanza el punto crítico de un proceso de sometimiento de la víctima, más o menos prolongado, dependiendo de la duración de la relación. Esa terrible agresión externa es la que realmente trasciende a la sociedad, pero no es sino la última expresión de miles de actos de microviolencia ejercidos y vividos en silencio por la víctima. La muerte física de este tipo, al convertirse en noticia, no es si no la certificación pública, la confirmación de la muerte psíquica que ya antes había tenido probablemente lugar desde no se sabe cuando.

Pero ¿qué factores explican tamaña atrocidad? ¿Son esos agresores unos perturbados mentales con tendencias genéticas al crimen o cómo son realmente? No seríamos totalmente objetivos si exclusivamente recurriésemos al perfil psicológico del personaje para explicar ese maltrato exagerado, aunque él es el único culpable del vil acto. Para entender completamente la agresión es preciso recurrir a la forma de reaccionar de su pareja a los pequeños malos tratos que se han ido sucediendo, a la forma en que se va configurando la relación entre ambos, desde que se conocen y por añadidura hay que recurrir al contexto social e histórico en que nos encontramos.

FACTORES PSICOLÓGICOS.

Aunque cada caso es diferente y merece hacerle un traje a la medida se pueden encontrar, como en la confección, patrones generales que están presentes en todos los casos y que explican semejante reacción. Esos maltratadotes son seres que viven en gran tensión interna, tensión que reducen al ejercer con su pareja la violencia que no pueden ejercer con otras personas, ante las que por cierto suelen aparecer como personas correctas e incluso encantadoras. Seres internamente atormentados aunque no lo demuestren a los demás, seres emocionalmente inestables que conciben las relaciones de pareja como relaciones de poder donde ellos son los que imponen el dominio. Para ellos su pareja es un objeto sobre el que creen tener la propiedad en exclusiva, es alguien sobre quien quieren ejercer un control absoluto y un dominio total y si ellas logran emanciparse emocionalmente y físicamente de ellos, no se lo perdonan por lo que, si la separación se consuma, se hace más probable el acto criminal, de ahí que durante las separaciones es cuando tiene lugar la mayor parte de las agresiones graves. Son seres que se obsesionan fácilmente contra su pareja bien porque son de tendencia paranoica o porque además se les juntan los celos. Son seres con miedo a estar solos y a quedar abandonados. Son personas, en fin, que no aman a su pareja sino que la utilizan, manipulan e instrumentalizan en interés propio. No existe amor en el verdadero sentido de la palabra sino interés en dominarla y tenerla sometida.

CONFIGURACIÓN DE LA RELACIÓN

A pesar de estos rasgos referidos, para que llegue a consumarse la agresión y el maltrato de estas características hay que considerar el tipo de relación que se establece entre ambos. Si la mujer cede y accede por sistema a sus demandas, si sucumbe a los malos tratos psicológicos que el maltratador suele infligir desde el comienzo de la relación, si además le perdona una y otra vez sus pequeños abusos, si el miedo se va apoderando de ella y si incluso ella se llega a convencer de que es culpable en cierto modo de que él esté contrariado, tendremos el camino allanado para una futura agresión de estas dimensiones. Si la mujer se va mostrando débil e incapaz de defenderse de las microviolencias no hace sino alimentar con ello la sed de dominación del personaje. Por tanto al mostrar debilidad y comprensión lo que la mujer hace es contribuir a reforzar esa mentalidad de dominio, de intento de someter a su pareja. Si la víctima aprendiese desde el principio a detectar los signos de violencia psicológica muchas mujeres conseguirían evitar su propia muerte en el futuro.

CONTEXTO SOCIAL E HISTÓRICO

Añadamos a todo lo dicho, en aras de una explicación, la influencia de los estereotipos de nuestra sociedad sobre la superioridad del hombre sobre la mujer, incluso a pesar de los avances que la mujer ha conseguido y que aún están a años luz de que pueda ser considerada en paridad con el hombre. Una señal de tal ejercicio del poder, entre otras muchas, es que son los hombres quienes mayoritariamente maltratan hasta ese punto a sus parejas. El por qué se dan ahora históricamente más agresiones es porque ahora las mujeres se pueden separar más fácilmente de sus compañeros y ya hemos dicho que las agresiones mortales están en proporción directa con las separaciones. Antes también existían pero en menor medida porque las mujeres no solían separarse tan fácilmente.

Como el espacio no da para más es preciso decir que el asesino es plenamente consciente de lo que hace, por lo cual no vale aquello de que “no recuerdo nada de lo que ocurrió”. Normalmente lo tienen bien pensado previamente.

Miguel Silveira
Diario El Comercio
2 de agosto de 2.006

Violencia escolar, muy explicable

13.400 profesores agredidos en el último curso son un claro exponente de que esa violencia se va extendiendo a un ritmo elevado en España. Las descalificaciones, amenazas, insultos y agresiones físicas y verbales, los actos vandálicos son las distintas formas en que muchos alumnos expresan su agresividad cuando quien detenta la autoridad, como el profesor, tiene que hacer uso de ella, si existe transgresión de la disciplina académica o incluso si tiene que reñir a un alumno para que se comporte. Este fenómeno social en fase de expansión no es algo repentino y tiene claras explicaciones, otra cosa distinta es que tenga solución fácil, que no la tiene. Afortunadamente es aún una minoría la que ejerce la violencia física y una minoría más amplia la que ejerce la violencia verbal contra la autoridad docente, pero va creciendo el número de alumnos violentos y la intensidad de sus acciones. La autoridad del profesor comienza a estar seriamente asediada y cunde la sensación de impotencia porque el alumno sabe que sus acciones pueden quedar impunes. Algo ocurre para que el profesor haya pasado de ser un profesional respetado a estar desprestigiado y sin autoridad.

Contexto psicológico

Este fenómeno se entiende acudiendo a dos contextos, el psicológico del propio individuo que ejerce la violencia y el sociológico, en especial el familiar, pero también el ambiente social imperante. Un alumno explota violentamente cuando se siente frustrado en sus intentos de salirse con la suya, cuando se encuentra con obstáculos en el camino de satisfacer sus deseos a toda costa, cuando se siente sujeto de derechos y ve en quien le señala sus obligaciones un enemigo o cuando ese mismo alumno no considera inaceptables algunas de sus conductas, aunque lo sean, sino que las justifica y defiende y ataca a quien le exige, reconviene o recrimina y con más razón a quien pretende castigarle por transgredir la norma. La violencia es así un modo o recurso de derribar cualquier barrera que se interponga en el camino de hacer lo que realmente le apetece, pero que no debe hacer. Si el sujeto es un ser impulsivo, por inquieto, hay más probabilidad de reaccionar violentamente ante cualquier obstáculo que le frene.

Contexto sociológico

Esta explicación es aplicable en todos los casos. Es universal que el ser humano reaccione más o menos violentamente cuando se ve frustrado.
Pero en el caso que nos ocupa es aconsejable acudir al contexto sociológico para encontrar una explicación más precisa que justifique el por qué este fenómeno va adquiriendo tanta relevancia. Si un chico ha crecido en una familia en la que se le han satisfecho con gran facilidad sus peticiones y caprichos tendrá la conciencia de que fuera en el mundo ha de ocurrir otro tanto de lo mismo. Si se ha educado en un ambiente familiar en el que no se le ha obligado a cumplir unas normas, bien porque algunas no hayan existido o bien porque, aunque existiesen, se las podía saltar a la torera por sistema sin que se le llamase la atención y por supuesto no se le castigase si las infringía ¿cómo va a reaccionar humilde y obedientemente cuando sus profesores, por ejemplo, pretendan que se esfuerce, que se calle en la clase, que apague el móvil, que haga sus deberes o que trate bien el material del centro? ¿Cómo reaccionará ante un NO cuando ha experimentado que en su familia se le ha dicho que SI o aceptado sus caprichos o se han plegado a sus rabietas, a sus voces o a sus imposiciones? ¿Cómo va reaccionar como súbdito escolar cuando tiene conciencia de haber sido el rey o un tirano con sus padres, con el permiso de estos? ¿Cómo va a aceptar que le suspendan o fracase en la consecución de sus objetivos si casi siempre se salió con la suya? ¿Cómo va a callarse cuando le recriminan su actitud, si siempre interrumpió desde pequeño a sus padres mientras estos estaban hablando ¿Cómo pedir perdón cuando nunca lo pidió? ¿Cómo va a aceptar que le digan que se esté quieto quien desde muy pequeño no lo hizo ni en casa ni en la consulta del pediatra, ni en ningún sitio donde debía estarlo hasta que le llegase su turno de moverse? ¿Cómo no va a pegar a un profesor si le dio una patada a su madre o arrojó por el suelo la comida un dia porque no le gustaba?
Esa violencia, que algunos ejercen, viene ya alimentada por una educación familiar basada en consentir al hijo porque si se le frustra se enfada y parece, erróneamente, que se le quiere menos.
Añadamos a esto que muchos de los padres en cuanto que se enteran de que a sus hijos se les ha reñido en el colegio por sus comportamientos indisciplinados no sólo no riñen al hijo sino que ellos mismos echan contra ese profesor o en el peor de los casos se presentan en el instituto y ponen a parir a quienes les decomisaron algún objeto peligroso, les mandan un apercibimiento por alterar la convivencia y el ritmo de la clase o simplemente porque les han recriminado.

Una perspectiva social más amplia

Si a esto le añadimos que en esta sociedad el violento y agresivo es un ser noticiable, tiene fama y respeto por el miedo que impone, que suele salirse con la suya impunemente, o casi, a la vista de cómo muchos infractores de las leyes entran a la comisaría y salen al momento sin mayores problemas, que el que protesta o agrede consigue intimidar a los demás y estos plegarse, que todo el mundo se ha vuelto más reivindicativo de sus derechos pero al mismo tiempo las obligaciones son más bien ignoradas, si añadimos que el violento y agresivo consigue que su presión dé resultado, si sabemos que el ejercicio legítimo de la autoridad está desprestigiada y mal vista y la autoridad por tanto no cotiza al alza en el mercado de valores humanos y protestar aunque sea sin razón es signo de poder, tendremos una visión un poco más precisa y una explicación un poco más completa de este fenómeno creciente. Las cosas no ocurren porque sí.

Miguel Silveira
Diario El Comercio
7 de julio de 2.006

Algunas pautas para con los adolescentes

Conductas esperables en ellos:

1.- Que de pronto se vuelvan más rebeldes y protestotes
2.- Que por nada pongan a los padres malas o muy malas caras
3.- Que comiencen a bajar su rendimiento académico
4.- Que dejen de cumplir algunas de sus responsabilidades
5.- Que acusen a los padres de que no se puede hablar con ellos
6.- Que amenacen con marchar de casa cualquier dia o cuando cumplan los 18.
7.- Que digan que le tienen los padres agobiados
8.- Que empiecen a pirar clase
9.- Que digan “ es que a mis amigos les dejan…les dan…”


LOS PADRES DEBEMOS ACTUAR EN LÍNEAS GENERALES CON LAS SIGUENTE PAUTAS.

1.- No entrar a discutir acaloradamente con ellos ni a dar voces por su rebeldía y sus protestas. Lo empeoraríamos. Pero no consentirles que se salgan con la suya en asuntos importantes porque sería una forma de permitirles que tengan control sobre nosotros.

2.- No hay que afectarse porque pongan malas caras o muy malas. Es mejor no darse por aludidos. Si les señalamos su mal gesto y les reñimos lo empeoramos. Dejarles que pongan la cara que quieran con tal de no consentirles casi todo que para que mejoren sus gestos y modales. Sus maneras incorrectas pueden ser una medida para lograr lo que pretenden.

3.- Si comienzan a bajar su rendimiento académico y se sabe que no hay justificación para ello han de saber que no se les consentirá y por ello saldrán perdiendo satisfacciones, cosas o beneficios por ello. Si hay justificación se procederá en consecuencia dependiendo del caso, asesorados por expertos.

4.- No se les puede consentir que dejen de cumplir algunas responsabilidades importantes, como asistir a clase, hacer diariamente sus deberes, tratar con respeto y educación a la familia, los profesores, los vecinos, respetar los horarios de salida, respetar la propiedad de los demás y sus derechos etc, etc. No se debe bajar la guardia en las obligaciones importantes. No gritarles o sermonearles por ello sino simplemente decirles que van a perder algunos beneficios, todo ello, a ser posible, sin levantar la voz ni perder el control de los nervios.

5.- Si no es verdad lo que dicen de que no se puede hablar con ellos y que simplemente lo que ocurre es que los padres dialogan pero no consienten lo que no se puede consentir, dejarles que se desahoguen, sin hacerles caso. Si es verdad que los padres no quieren dialogar tienen estos que esforzarse en hablar con ellos para entender qué está sucediendo y si llevan razón dársela y si hay que cambiar algo, cambiarlo.

6.- Si las amenazas son injustificadas porque no se les maltrata y son un medio de chantaje no hay que hacerles ni caso. O decirles que no hay problema en que se marchen cuando tengan esa edad. No discutir sobre este supuesto. Lo que pretenden es amenazar para asustar a los padres y que estos cedan ante sus exigencias.
7.- Si el agobio es porque los padres no dejan casi todos los dias de meterse con ellos y llamarles la atención por miles de detalles o hacerles constantemente recomendaciones es conveniente que los padres eviten esa mala manía porque no ayuda a que se corrijan sino que crean más enfrentamientos y hace que se sientan asfixiados.

8.- No se les debe consentir que piren y hay que sancionarlos por incumplir su obligación sobre todo hasta tercero de la ESO. En cuarto (y en casos excepcionales en tercero) hay casos, cuando tienen 16 años, en que conviene que dejen de estudiar la ESO y se preparen para cualquier otra habilidad como aprendices, pero esto debería hacerse convenientemente asesorados por el Orientador del centro donde estudien. Hay que estudiar cada caso. Si persisten en pirar de todas formas vale más retirarlos de los estudios oficiales y buscar otra formación ocupacional que les interese y motive más.

9.-Ese argumento no debe valer ni aceptarse. No conviene que se diferencien demasiado de sus amigos “normales” en cuanto a ropa, salidas, dinero etc. pero tampoco dejarles que se asemejen a amigos cuyos padres les consienten de todo o más de lo debido.



Si los padres no saben manejar una situación que se presenta o cada cual actúa de modo diferente y todo ello crea excesiva tensión deben consultar a un experto en psicología de la educación. Es preferible que alguien les asegure de que están acertados o no y ponerlo en práctica porque hay veces que los padres llegan a dudar de que lo estén haciendo debidamente. La presión social es muy fuerte y la del hijo puede ser también muy fuerte y además hay que actuar en los aspectos importantes con firmeza mientras que en otros se puede negociar porque son aspectos secundarios que no alteran lo esencial de la educación.

No se olvide que lo esperable (de eso no hay que extrañarse) es que ellos presionen para conseguir todo lo que les gusta y creen que les conviene incluso bajando sus niveles de esfuerzo y a esto hay que procurar no sucumbir aunque la guerra puede prolongarse a veces hasta dos, tres o más años.

En general el hijo debe percibir que hay proporción entre su esfuerzo y cumplimiento de sus obligaciones y los beneficios que recibe a cambio.
En la mayor parte de los adolescentes hay que esperar una tensión con sus padres y viceversa y no hay que asustarse por ello sino irlo manejando como mejor se pueda. A veces la situación es casi insoportable y poco se puede hacer para establecer un clima relajado.
El progenitor que más insista en que el hijo se atenga a las normas y más firme se muestre será el mayor enemigo del hijo y el que sufrirá más desgaste y más enfrentamientos. Pero ese progenitor no debe ceder por congraciarse con el hijo si cree que está haciendo las cosas bien. Es un precio que hay que pagar y el adolescente probablemente lo reconozca muchos años más tarde.

Por tanto hay que armarse de mucha paciencia sin renunciar al mantenimiento de la disciplina, no queda otra salida y esperar a que vaya remitiendo poco a poco la tormenta…con los meses o más bien….con los años.

Uno de los más frecuentes errores que los padres cometemos es el de estar demasiado encima de ellos para muchas cosas, bastantes por cierto innecesarias por intrascendentes, por lo que la intervención debería reducirse a los aspectos básicos y evitarse con ello muchos enfrentamientos. No olvidar que con los adolescentes es inevitable armarse de muchísima paciencia ya que los padres pueden cambiarlos muy poco, dada su rebeldía natural en cuanto adolescentes y esperar a que ellos vayan evolucionando y madurando, aunque este proceso puede, ya se ha dicho, prolongarse varios años. Y no olvidar también que son personas en pleno proceso de construcción que por la edad por la que atraviesan padecen muchas turbulencias interiores, mucha desorientación y emociones encontradas además de incontrolables a veces. Por eso hay que armarse de paciencia hasta que su tormenta vaya amainando con el paso de los años.

Aunque todas estas aportaciones no abarcan todo el espectro de las relaciones entre adolescentes y sus padres o tutores pretenden servir de orientación y ayuda general.

Miguel Silveira
 

Hijos maltratadores

¿Qué haría usted si su hijo de tres años le diera patadas para llamar su atención y conseguir lo que pretende? ¿O si su hijo de catorce le insultara y le amenazara con marcharse de casa por no comprarle aquella prenda de tal marca o no dejarle ir a la discoteca? ¿Y si a los dieciséis le advierte de que puede llamar a su pandilla para romperle el coche por negarse a complacerle en muchos de sus caprichos, o la emprende contra la puerta del salón hasta hacerla añicos? Todos estos interrogantes proceden de adolescentes conocidos. El número de chicos que agreden o intimidan a sus padres es un fenómeno creciente. Los padres no saben qué hacer y claudican o acuden a los jueces. No pueden con ellos.

El comportamiento violento no surge de la noche a la mañana. El futuro agresor comienza por ejercer poquito a poco una presión sobre los padres en beneficio propio y, si nota que ceden y le da resultado, la mantendrá de diferentes modos y en distintos lugares y momentos. Empezará por las rabietas, los llantos, por dar voces, patadas o dañar algún mueble. Seguirá, acaso, culpando a sus padres de que no le quieren si no le compran algo, para después amenazar con marcharse de casa si le riñen y chantajear o intimidar de diferentes formas. Tratará de salirse con la suya, llegando más tarde de la cuenta si es adolescente o haciendo lo que tiene vetado y amenazando con denunciar a sus padres si le tocan un pelo.

Si en todo este proceso el hijo nota que sus estrategias le dan resultado, seguirá presionando y tendremos así un potencial futuro agresor, aunque no todos los que presionan acaben agrediendo formalmente. Cuando un hijo llega a desbordar a sus padres, seguramente lleva amos saltándose los límites fijados y viendo que en realidad no tiene consecuencias adversas. Es un proceso imperceptible para los padres. Una educación demasiado permisiva -sin miedo ni valores éticos que actúen de contrapeso y contención de sus impulsos- puede tener como consecuencia esas conductas violentas.

El éxito de los violentos. A este proceso psicológico individual se suma la creencia social, cada vez más asumida, de que quien se impone por la fuerza, consigue eficazmente mantener el control de los demás y salirse con la suya, y de que la violencia es un instrumento de intimidación y de solucionar los problemas. Los agresores de hecho gozan de mayor popularidad que los pacíficos y están reforzados socialmente.

Qué hacer. Está en manos de los padres contener, controlar, frenar y poner límites a las presiones de los hijos ya desde pequeños cuando éstas son muy fuertes, constantes, excesivas e injustificadas y logran arrollar a todo aquel que cede ante ellas.

Es muy importante ser tenaz, mantener esta contención. Es una labor preventiva y la más eficaz para evitar que se consolide el futuro agresor.

Cuando no se ha actuado previamente con firmeza y se ha ido perdiendo el control efectivo, al llegar a la adolescencia resulta muy difícil contener al o a la joven, porque ya está muy crecido física y psicológicamente y está bien entrenado. Para entonces, no queda más remedio que plantarse ante las demandas excesivas y, sólo si los padres no son capaces de aguantar esa avalancha o hay peligro de lesiones, se deberá acudir a la justicia.

Miguel Silveira
Magazine la vanguardia

4 de agosto de 2.002
 

Contacto muy saludable

Una persona recibió como consejo terapéutico que se abrazara a un árbol cuando quisiera relajarse y le pareció extraño. Esto, que puede parecer una simpleza y un absurdo, tiene sentido en cuanto que el contacto con la naturaleza y, por extensión, con el cosmos permite recibir sus efluvios y ayuda a descargar tensión, aunque existan otros muchos medios para relajarse. Es un escalón más alto de los seres vivos, acariciar a nuestro perro o nuestro gato puede producir la sensación de calma y de sosiego. Un aspecto más del beneficio que ese intercambio con la naturaleza ofrece. Pero si el contacto es con los seres humanos, la ventaja derivada es superior.

Muchísimos estudios demuestran que tocar y acariciar a un recién nacido es casi indispensable para el crecimiento de las defensas de su sistema inmunológico y para la estimulación de sus sistemas orgánicos, como el neurológico, el circulatorio y otros. Es tan bueno para ellos como malo para su salud no acariciarlos. Sin embargo, en nuestra cultura occidental a partir de cierta edad se restringen las caricias porque tienen connotaciones negativas y cierto aire de tabú, lo cual es un error a todas luces.

Todo son ventajas. Las caricias y el contacto siguen siendo una necesidad, aunque seamos adultos, sobre todo por la relajación que nos producen, puesto que son liberadoras de endorfinas, sustancias que hacen sentir un bienestar que ni sus famosos sucedáneos proporcionan. También por el alivio, consuelo y seguridad que aportan y que tanto necesitamos para salvaguardar la salud física y emocional. Pero incluso porque nos hacen sentir importantes para el otro y ayudan a percibirnos más estimados. También para comunicarnos, puesto que la comunicación entre personas no sólo ocurre a través de las palabras.

Las caricias, el contacto, los tocamientos permitidos y nunca no consentidos son un buen nutriente de la salud mental, y su carencia produce muchas alteraciones. Por eso hay que tocarse más y más frecuentemente con distintas excusas.

No podemos decir que hay escasez de medios pues, según el momento y la persona, se puede acudir a estrecharse la mano, darse unas palmadas en el brazo o en el hombro, hacer cosquillas, besar, acariciar, abrazar y, por supuesto, fundirse en un cuerpo con el otro. Está indicado también rascar la espalda o acariciar el pelo. En fin, cualquier manera de tocar afectuosamente.

Aunque nos veamos rodeados de miles de personas, podemos sentirnos aislados, y para contrarrestar ese aislamiento necesitamos sentir el contacto con los otros. No sólo los que tuvieron la desgracia de no sentir las caricias de sus padres por diversas razones andan necesitados. Todos, en mayor o menor grado, andamos sedientos de muestras de afecto y de apoyo emocional, y el contacto físico afectivo nos alivia esa sed. Una cosa es saber que nos quieren y estiman, y otra, sentirlo a través de la piel.

Hay que tocarse más. Si nos tocásemos más habría mucha menos violencia en general en nuestro trato con los demás dentro y fuera de la familia, menos crímenes incluso, menos violaciones, menos enfermedades, menos alteraciones y, por lo mismo, muchos menos disgustos. Por supuesto, menos tensión nerviosa y menos desazón de la que experimentamos. Por eso hay que tocarse, sin confundirlo sólo con lo erótico-sexual y evitando los malentendidos.

No es fácil practicarlo si uno no tiene esa costumbre, pero todo es cuestión de empezar poco a poco y comprobar que no pasa nada y, si pasa, con frenarlo, en ese caso, es suficiente. Tocarse es una forma de mostrar no sólo nuestro amor, sino el aprecio y la estima de los que nos rodean. ¿Alguien se extraña de que proliferen las ofertas de masajes?

Miguel Silveira
Magazine La Vanguardia

25 de marzo de 2.003

 



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