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Cuando sea viejo...
No quiero ser pesado repitiendo a todo el mundo mis historias hasta el aburrimiento.
No quiero resultar un gruñón y cascarrabias a quien todo molesta y para el que la vida es un fastidio.
No quiero andar quejándome de mis achaques a todo el que me encuentro y lograr que me eviten.
No quiero dar que hacer a quien me cuide, más allá de lo imprescindible y necesario.
No quiero abandonar mi aspecto externo y descuidarme, antes muy al contrario, quiero ocultar, en lo posible, mis signos de declive, para no inspirar pena y menosprecio.
No quiero que me traten como un trasto inservible ni ser utilizado ni que me ninguneen si no soy ya rentable.
Quisiera controlar mis manías para no ser objeto de murmuración y de risa a mis espaldas.
Quisiera que me dijesen con cariño lo que debo cambiar y yo aceptarlo de buen grado en vez de resistirme.
Quisiera ser tratado con respeto a pesar de no estar ya en el mercado de trabajo.
Quisiera ser interesante y atractivo para los que me traten, sean jóvenes o viejos.
Quiero irradiar jovialidad, frescura y dinamismo para que no me vean como un viejo acabado e inspirar con ello gran respeto. Quiero tener mi mente activa, observando la vida, satisfaciendo mi curiosidad y aprendiendo hasta el dia de mi entierro.
Quiero andar con la cabeza erguida aunque ya esté encorvado.
Quiero mirar al frente y al futuro, aunque sea corto e incierto, evitando ser presa de la nostalgia del pasado.
Quiero llevar con dignidad mis achaques, mis años y mis pérdidas sin amargar a nadie con quejas permanentes.
Quiero seguir sacándole a la vida el jugo que me ofrece y ser útil a pesar de los años.
Quiero morir con dignidad y que no alarguen mi vida más allá de la cuenta haciéndome sufrir inútilmente.
Quiero vivir, a ser posible, en casa mientras me valga, rodeado de mis cosas.
Si por cualquier razón termino en una residencia pido a mis cuidadores que no se aprovechen nunca de mi impotencia e indefensión.
Todo esto, por lo menos, me gustaría que sucediese cuando sea anciano o viejo.
Miguel Silveira Gijón 2009

Madres Castrantes
Hay cariños que matan, desde luego. Hay madres que tienen el gravísimo defecto de sojuzgar y someter a sus hijos hasta extremos de escándalo, sin querer darse cuenta de que el daño creado es casi de juzgado de guardia, haciéndolo en nombre del amor y se quedan tan panchas. Madres escrutadoras, inquisidoras que siguen todo el tiempo el rastro de sus hijos sin apenas descanso ni respiro. Les llaman con frecuencia, algunas varias veces al día, para saber donde están, con quien y cómo, que están haciendo o van a hacer, si han ido al cajero o que pan han comprado para el almuerzo. No importa que haga tan sólo algunas horas que supieron de él o ella. El caso es tener completa información de sus movimientos y hasta sus sensaciones y pensamientos. No sólo les llaman sino que pueden meterse en la vida sentimental del hijo para boicotearla o sabotearla. Si viven cerca de la hija porque esta ya tiene casa propia, o le piden la llave o allí se le presentan sin haber previo aviso ni invitación filial, con la excusa de ofrecerle un plato cocinado para el día. Otras veces exigen a su hijo que vaya a visitarles con frecuencia y si no lo hacen le cae una buena bronca. Frecuentemente le culpabilizan, manipulan y utilizan abierta o sibilinamente de tal forma que el hijo se sienta atrapado en la culpa y con la sensación de estar frustrando los deseos dominantes de su madre. La atmósfera de asfixia es irrespirable mientras algunos hijos (si son únicos tienen más riesgo de sufrir esa cruz) se someten, se ciñen, se pliegan y obedecen al dominio castrante y quedan atrapados cual insecto en la tela de araña. Ante esas madres que no ceden en su afán de dominio y de maltrato no queda más remedio que declarar una desobediencia civil en toda regla, arriesgándose a sufrir un escándalo, una riña severa, amenazas y gritos amén de manipulaciones verbales, chantajes y a veces improperios. No importa. Ante esas madres castrantes ¡desobediencia! hasta la liberación final y el escarmiento total. Es cuestión de vida o muerte, de sometimiento o de liberación. Atención, hijo o hija esclavizada, o cedes y te sometes o te libras del yugo. Casi no hay medias tintas. Tu vida privada y sentimental es sólo tuya y ni en nombre del cariño puede ser invadida o violentada. Me refiero naturalmente a los hijos mayores que debieran estar emancipados en el momento en que ya son adultos. Respecto a los pequeños ya hablaremos.
Miguel Silveira. Gijón 2009

Violencia Marital Anunciada
Aunque parezca extraño se puede predecir con precisión si una mujer se va a exponer una relación amorosa violenta si se tienen en cuenta las siguientes claves de conducta. Si tu novio o pareja trata de controlar tus movimientos, tus contactos con el sexo masculino, si se mete con tu forma de vestir y maquillarte o peinarte, si te prohíbe pararte a hablar con otros y si te riñe porque miras a otro. Si en las relaciones sexuales te fuerza a actuar como a él le apetece independientemente de tus gustos personales, si te vigila celosamente mucho, si te pregunta con quien y donde estabas a tal hora, si se enfada por nada y muestra celos de que te relaciones con otras personas. Si te riñe fácilmente o insiste en pedirte todo tipo de explicaciones de tus actos, movimientos y gustos. Si te infravalora detrás y delante de la gente y te hace de menos con comentarios o palabras hirientes. Si se muestra controlador y con afán de imponer su poder en cuanto le es posible. Si por nada te culpa de lo que sale mal aunque sea él el autor y nunca está dispuesto a admitir su culpabilidad aunque la tenga y nunca se arrepiente. Si no reconoce que se pasa contigo cuando abusa de su poder y de tu confianza. Si a veces te amenaza con pasar a mayores o te levanta el brazo. Si coarta tu libertad de forma escandalosa y ostensible. Si tiende a degradarte, te insulta o por nimiedades te da voces o riñe abiertamente o te humilla. Si tiende a aislarte de tu familia y amistades y quiere que estés a su lado y su servicio de forma permanente. Si aunque te dice que te quiere se enfada o pierde los papeles sin causa suficiente y con frecuencia. Si le da por romper alguna cosa en accesos de ira o tiene explosiones de genio. Si está muy bien contigo y tan feliz y de pronto se pone hecho una fiera sin fundamento alguno. Si la mayor parte de estos comportamientos los muestra incluso cuando la relación no está formalizada en matrimonio ten la seguridad de que la relación será violenta cuando no tenga que estar ya en guardia y con cuidado. Usará la violencia verbal o física, llegado el caso. Si esto lo escribo aquí no es para desanimar a nadie de tener una relación amorosa sino para prevenir a la futura víctima y dar algunas pistas para obligar a que el futuro maltratador no tenga más remedio que cambiar o perder el amor de esa persona. Hay que hacerle cambiar antes de firmar el contrato.
Miguel Silveira. Gijón 2009
 Dependencia emocional
No tenemos más remedio que depender de los demás porque pertenecemos a un mundo integrado, interconectado, porque somos parte de un todo inextricablemnte conjuntado. Dependemos para nuestra alimentación, nuestro trabajo y nuestra salud. Dependemos de que los demás nos compren o nos vendan, del banco, de quienes nos proporcionan energía, de la familia, de los profesionales o de nuestros vecinos. Por tanto es un imperativo reconocer que hay un nivel de dependencia ineludible. Pero estarán conmigo en que a veces esa dependencia la propiciamos o incluso exageramos nosotros en tanto en cuanto delegamos en los demás y consentimos o buscamos que sean ellos los fuertes, los andamios en que nos apoyamos o los imprescindibles. En cuanto consentimos en transferir al otro gran parte del protagonismo, la autogestión y la responsabilidad que nos corresponde estamos demostrando que el control de nuestra vida se traslada a manos ajenas quedando demasiado a expensas o a merced de esos apoyos exteriores, que si nos fallan hacen tambalearnos. Cierto que es más cómodo transferir a los demás la responsabilidad de nuestro autocuidado pero el precio a pagar es perder auto sustentación, es trasladar fuera nuestro control interno. Desde el instante mismo en que cedemos a los demás nuestra sustentación quedaremos expuestos a que si el otro, por la razón que fuese, nos retira su apoyo, su amistad o su amor, se nos va, nos da la espalda, nos falla o se nos muere quedaremos derrumbados, indefensos, perdiendo la capacidad de autogestión y con ella la autoestima hecha pedazos. Por eso, sin renunciar a una dependencia ineludible y hasta comprensiblemente placentera es mejor aprender a estar a gusto con nosotros, saber entretenernos solos en múltiples momentos, tomar la iniciativa, decidir uno mismo y resolver asuntos sin tener que apoyarnos por sistema en la muleta de la gente. Tal entrenamiento procede cuando los demás están muy ocupados y pendientes de sus asuntos, como suele ser lo habitual. Depender de ellos es necesario y nos ayuda cuando estamos algo debilitados y pasamos por momentos de apuro o no podemos valernos por nosotros mismos pero depender enteramente de los demás debería ser tan sólo cuando no queda más remedio. La autonomía es una medida sabia y una sabia inversión.
Miguel Silveira. Gijón 2009

Era una gran persona
No suele fallar. En casi todos los funerales cuando damos el pésame a los familiares del difunto o en los corrillos que se organizan delante de la iglesia o en los tanatorios modernos se escucha con frecuencia esta frase: “Era una gran persona”, “era un chico estupendo”, “era una madre ejemplar”. Aprovechamos entonces para resaltar las cualidades del difunto con profusión de palabras y gestos. Todo ello a posteriori, una vez que el finado es eso, una persona que se ha ido, que ha finalizado su existencia. Nos sale de dentro. Es como si tuviésemos un sentimiento que había permanecido escondido y oculto y de pronto este aflorase con espontaneidad y se nos olvidasen las acciones negativas que el muerto había tenido con anterioridad y que sí comentábamos, sin embargo, cuando estaba entre nosotros, abiertamente y poniendo mucho énfasis. La única pena es que el muerto no se entera ya, no le sirve para nada, no puede sonreir ni siquiera alegrar su semblante. Su corazón no se conmueve ya y no puede gozar de tales alabanzas. ¡Y son tantos los que las habrían echado de menos durante su existencia! Y no es que no sirva a la familia de consuelo, pero no es lo mismo. Así pasa que muchos se mueren sin saber si los demás les quieren, les admiran y les van a echar de menos, cuando no estén aquí. Y lo mejor es que estamos sedientos de tales muestras afectivas, entre otras razones para seguir viviendo con cierta ilusión y cierto encanto y para animarnos a seguir realizando buenas obras. Parece que esperamos a su marcha para hablar bien de las personas y nos cuesta trabajo reconocer los méritos y hacérselos saber. Nos sale por el contrario con más facilidad de nuestros labios el reproche cuando algo no hacen bien o conforme esperamos. Esto es una constante entre nosotros. Por tanto no se puede esperar a que nuestros seres queridos y amigos y colegas se ausenten de este mundo para que sepan que se les tiene aprecio y que los valoramos. Tenemos que decir de vez en cuando qué bien nos cae la gente, qué agradecidos les estamos, qué contentos estamos de tenerlos por amigos, tenemos que decirles sin remilgos lo que nos gusta de ellos. Tenemos que transmitirles la buena opinión que tenemos de sus comportamientos y expresar nuestros buenos sentimientos. Tenemos también que pedirles perdón si les hemos ofendido en lugar de esperar a arrepentirnos luego cuando ya están ausentes. No se puede esperar a volver del cementerio porque en cuanto menos lo esperen y esperemos estamos en la otra vida, en cuestión de un suspiro.
Miguel Silveira. Gijón 2009.

Hacer cambiar a otro
Mucha gente se pregunta si se puede conseguir que otra persona cambie de estilo, de comportamientos, de mentalidad y no encuentran una respuesta clara o no saben cómo poder hacerlo. Sin embargo la respuesta es afirmativa. Podemos conseguir que otra persona cambie mediante dos intervenciones. La mejor y la más deseable, por racional, es lograr convencerle, persuadirle del cambio, aduciendo argumentos y razones que lo avalen, es demostrarle con palabras y hechos que puede cambiar si es que se lo propone. Esta intervención es intelectual pues le hace trabajar su entendimiento, tiene que discurrir y busca hacerles caer en la cuenta de las ventajas que ello tiene. Si le convencemos por esta vía estamos utilizando lo más noble del ser humano, a saber su inteligencia. El otro camino sin embargo no es tan estético y llevadero, es más agresivo y vilento pero es operativo y eficaz. Consiste en escarmentarlo, es decir, para que no suene demasiado castigador, es conseguir que el otro no tenga más remedio que modificar su comportamiento, que se encuentre obligado y forzado por los hechos a tener que cambiar o quedar avocado al fracaso, es conseguir que los hechos le obliguen a rectificar su trayectoria y ver que no queda otra alternativa mejor. En esto la vida y la experiencia son buenas pedagogas. De este planteamiento la naturaleza ofrece abundantes ejemplos. Una madre puede tratar de convencer a su hijo adolescente de que no ande como un loco con la moto y fracasar pero si se estrella con un coche o la acera quedará escarmentado y quizás conduzca después prudentemente. Puede un doctor tratar de convencer a un fumador de que se cuide y no hacer caso pero si le diagnostican un cáncer de pulmón seguro que lo deja. Y usted puede esquiar sin poner gran cuidado pero si un día se le rompe un ligamento a lo mejor aprende del escarmiento. Siga pensando ejemplos. Lo interesante es saber que, aunque cueste trabajo hacer que el otro cambie, y cambie uno mismo, las dos vías funcionan. El caso es ser algo inteligentes, pensar en las ventajas y el los contras y convencer o convencerse sin forzar más las cosas. De todas formas conseguir que otro cambie es un trabajo duro. Si aprende a convencer, le felicito, si no encuentra la forma de persuadir a alguien, no se preocupe seguro que la vida se encargará de hacer ese trabajo. La realidad se impone y la vida suele pasar factura.
Miguel Silveira. Gijón 2009

¿Cual es su prioridad?
Inmersos como estamos en la vorágine social de prisas y de aceleración, empujados por la impaciencia y por la urgencia, apenas si encontramos de vez en cuando unos minutos para ponernos a pensar en qué vida llevamos y sobre todo cual es o son las prioridades por las que nos regimos de verdad. Digo, de verdad, porque si le preguntas a la gente cual es su prioridad a buen seguro te responden que es su salud y su familia, dejando el trabajo y el dinero en el tercer lugar. Sin embargo los hechos, que no nuestras palabras, son los que en realidad hablan por nosotros y delatan nuestras finalidades e intenciones. Porque decir, decimos lo que es políticamente correcto o se espera que digamos y hasta nos lo creemos. Decimos que lo principal es nuestra salud y nuestra familia pero nuestra incoherencia nos delata, porque ¿cómo podemos decir y quedarnos tan panchos que nuestra salud es lo primero si comemos sin control lo que nos hace daño, castigamos el hígado bebiendo o fumamos dañando los pulmones? ¿Cómo podemos decir que es la familia cuando lo que en realidad hacemos es dedicarnos al trabajo y en los ratos de ocio ver la televisión sin apartar un tiempo para tratar de resolver los problemas que se nos presentan en familia? Aparte de cuatro inteligentes y coherentes la mayor parte de nosotros anteponemos muchas veces otras motivaciones diferentes a las de la salud y la familia. La autoridad del argumento reside en la fuerza de los hechos, en lo que hacemos. A eso hay que apelar pues obras son amores y no buenas razones. Lo cierto es que enfrentar las prioridades nos produce desde incomodidad hasta cierto temor de enfrentarnos a nosotros mismos y descubrir, si somos sinceros, que tendríamos que reestructurar en parte las prioridades por las que deberíamos guiarnos. Otros, y esto es más lamentable, viven no por sus prioridades sino por las que las circunstancias o los demás les marcan desde fuera, ya sea la publicidad, la moda, la presión social o lo que fuera. Lo interesante es vivir teniendo las ideas bien claras, ser sinceros y repensar nuestra forma de vida o qué nos mueve a actuar de cuando en cuando. Pero eso… cuesta mucho trabajo.
Miguel Silveira. Gijón 2009

El cachete prohibido, un error
Me encuentro irritado y desalentado no tanto por la prohibición, a causa de una reciente ley del Congreso de España, del uso del cachete sino del significado que conlleva para la sociedad la reforma del artículo 154 del Código civil que donde decía que los padres podían corregir "razonable y moderadamente sus hijos" (no decía duramente) ahora dice que deberán reprender a los menores "atendiendo a su integridad física y psicológica".
Esto significa no sólo que quien de una bofetada a un niño estará fuera de la ley sino que en realidad esto encierra el significado de que los padres acaban de sufrir una limitación más seria todavía en el ejercicio de su autoridad. Ya saben y sabían los hijos que si sus padres les tocaban podían denunciarles y estos podrían ser llamados por el juez, ya se sabían en cierto modo intocables, reyezuelos, y dueños de la situación.
Ahora con este paso de ser respetados en su integridad fisica y psicológica seguro que darán un paso más y me temo que denunciarán a sus padres por el hecho de castigarles sin paga, sin salir un domingo o sin móvil durante dos semanas. Va a pasar, estoy seguro, que los menores de cualquier edad, sin son algo avispados, irán aumentando su conciencia de poder y dominio hacia sus padres y los más atrevidos podrán llegar con más frecuencia y en más casos hasta insultar, pegar y golpear a sus padres, sabiendo que no tiene mayores consecuencias para ellos ese tipo de malos tratos.
Es decir que los padres acaban de recibir simbólicamente un mazazo en el ejercicio de su legítima autoridad (aunque sea correcto prohibir los malos tratos físicos) y a los niños se les acaba de estimular una mayor conciencia de su impunidad en el trato agresivo hacia los padres. Lo que nos faltaba ya para que los padres se viesen limitados en el ejercicio de su autoridad, aunque tal ejercicio no haga falta ejercerlo a base de tortazos.
El mensaje que la gente entiende implícitamente, aunque explícitamente no se diga, es que los padres van quedando seriamente maniatados y sin muchas posibilidades reales de reprender y corregir porque tendrán enfrente la reacción de sus pupilos cuando se les ocurra reprenderlos y corregirlos, aunque sea psicológicamente.
Ya lo verán ustedes. Todo un congreso de los diputados reunido para aprobar esta reforma sin aprobar al mismo tiempo otra ley que diga qué consecuencias aversivas van a tener esos hijos, cada vez más numerosos, que la emprenden a golpes con sus progenitores, sin respetar la integridad fìsica de estos y saltándose los límites más básicos. Esto, ¿cómo se come y se digiere?
Me parecería lógico completamente que se hubiese legislado en esa dirección también para equilibrar la balanza y evitar que los hijos se les suban a sus padres las barbas y aquí no pase nada. Pero, no. No entiendo, la verdad, el por qué de esa asimetría cuando el ejecutivo tiene constancia de los graves problemas a los que se enfrentan los padres en el legítimo y necesario ejercicio de su autoridad, cuando tienen que imponer normas y deberes a esos chicos.
Que el lector piense qué favor hacemos en esta sociedad a quienes les corresponde la tarea de poner límites y normas y hacer que estas se cumplan, a quienes tienen la obligación de educar moralmente a sus hijos, sea cual sea el nivel social al que nos refiramos, cuando se ha ido extendiendo la sensación de que cualquier ejercicio de la autoridad es practicar el autoritarismo, lo cual es un error. Lo dicho, a partir de este instante los padres y profesores y los que tienen que mandar lo van a tener cada vez más difícil y más crudo y la gobernabilidad familiar en general, que requiere dar órdenes y aplicar sanciones a las transgresiones reiteradas de la norma, se verá más dificultada.
Lo digo porque si ya desde hace tiempo un padre o un profesor no podía no ya pegar sino ni sancionar porque se les echaban encima los hijos a los padres y los alumnos y sus padres a los profesores, a partir de este instante se correrá la voz de que se puede denunciar a los padres por no "haber respetado la integridad psicológica" del hijo. El tiempo lo dirá pero me temo que la cosa se hará más complicada para los agentes que detentan la autoridad, y no sólo para los padres.
Es una mentalidad que va creciendo la de oponerse a cualquier forma de autoridad y discutirla, boicotearla o atacarla. Ver veremos. En todo caso, señoras y señores padres, no tengan miedo a ejercer la autoridad poniendo unos límites concretos al comportamiento de sus hijos, dado órdenes y poniendo algunas prohibiciones, y no tengan miedo a sancionarles haciéndoles que pierdan algo que valoran siempre que los transgredan reiterada y voluntariamente, porque eso también forma parte de la responsabilidad de educar, además de acariciarlos, estimularlos, reforzar sus progresos, escucharlos y cuidarlos. Mejor es ya desde muy pequeños aplicar el ejercicio de la autoridad para evitar en el futuro que sean ellos los que vayan teniendo conciencia de que en su vida se hace lo que ellos quieran y de que son intocables. Y en cuanto al cachete no puedo defenderlo por si me encausan por fomentar su uso, pero ya pueden imaginar cual es mi posición en este tema. Aunque la asimetría está bien en ciertas áreas de la vida en este tema no me parece que sea acertada ni justa.
Miguel Silveira

Claves para entender la violencia de
pareja
Cuando una mujer muere a consecuencia de una
agresión criminal perpetrada por su pareja o ex pareja, como
está ocurriendo casi a diario en toda España, quedamos
estupefactos y espantados, a pesar de que ya estamos
acostumbrados a estas horribles noticias. Nos preguntamos qué
puede pasar por la mente de tales agresores en esos momentos y
cómo son psicológicamente para llegar a tal grado de violencia.
En los momentos previos a tal acto lo que predominantemente
ocupa el cerebro del parricida es la idea de la eliminación de
la víctima. La eliminación es para él el supremo descanso a la
tensión interna en que se encuentra. Al matarla elimina a la
rival y desahoga el rencor que siente.
El crimen es la máxima expresión de violencia de pareja frente a
otros actos violentos psicológicos y físicos acumulados. Porque
no hay que engañarse, esa violencia no surge repentinamente. Ya
se venía fraguando y ejerciendo de distintas maneras. En esos
momentos se alcanza el punto crítico de un proceso de
sometimiento de la víctima, más o menos prolongado, dependiendo
de la duración de la relación. Esa terrible agresión externa es
la que realmente trasciende a la sociedad, pero no es sino la
última expresión de miles de actos de microviolencia ejercidos y
vividos en silencio por la víctima. La muerte física de este
tipo, al convertirse en noticia, no es si no la certificación
pública, la confirmación de la muerte psíquica que ya antes
había tenido probablemente lugar desde no se sabe cuando.
Pero ¿qué factores explican tamaña atrocidad? ¿Son esos
agresores unos perturbados mentales con tendencias genéticas al
crimen o cómo son realmente? No seríamos totalmente objetivos si
exclusivamente recurriésemos al perfil psicológico del personaje
para explicar ese maltrato exagerado, aunque él es el único
culpable del vil acto. Para entender completamente la agresión
es preciso recurrir a la forma de reaccionar de su pareja a los
pequeños malos tratos que se han ido sucediendo, a la forma en
que se va configurando la relación entre ambos, desde que se
conocen y por añadidura hay que recurrir al contexto social e
histórico en que nos encontramos.
FACTORES PSICOLÓGICOS.
Aunque cada caso es diferente y merece hacerle un traje a la
medida se pueden encontrar, como en la confección, patrones
generales que están presentes en todos los casos y que explican
semejante reacción. Esos maltratadotes son seres que viven en
gran tensión interna, tensión que reducen al ejercer con su
pareja la violencia que no pueden ejercer con otras personas,
ante las que por cierto suelen aparecer como personas correctas
e incluso encantadoras. Seres internamente atormentados aunque
no lo demuestren a los demás, seres emocionalmente inestables
que conciben las relaciones de pareja como relaciones de poder
donde ellos son los que imponen el dominio. Para ellos su pareja
es un objeto sobre el que creen tener la propiedad en exclusiva,
es alguien sobre quien quieren ejercer un control absoluto y un
dominio total y si ellas logran emanciparse emocionalmente y
físicamente de ellos, no se lo perdonan por lo que, si la
separación se consuma, se hace más probable el acto criminal, de
ahí que durante las separaciones es cuando tiene lugar la mayor
parte de las agresiones graves. Son seres que se obsesionan
fácilmente contra su pareja bien porque son de tendencia
paranoica o porque además se les juntan los celos. Son seres con
miedo a estar solos y a quedar abandonados. Son personas, en
fin, que no aman a su pareja sino que la utilizan, manipulan e
instrumentalizan en interés propio. No existe amor en el
verdadero sentido de la palabra sino interés en dominarla y
tenerla sometida.
CONFIGURACIÓN DE LA RELACIÓN
A pesar de estos rasgos referidos, para que llegue a consumarse
la agresión y el maltrato de estas características hay que
considerar el tipo de relación que se establece entre ambos. Si
la mujer cede y accede por sistema a sus demandas, si sucumbe a
los malos tratos psicológicos que el maltratador suele infligir
desde el comienzo de la relación, si además le perdona una y
otra vez sus pequeños abusos, si el miedo se va apoderando de
ella y si incluso ella se llega a convencer de que es culpable
en cierto modo de que él esté contrariado, tendremos el camino
allanado para una futura agresión de estas dimensiones. Si la
mujer se va mostrando débil e incapaz de defenderse de las
microviolencias no hace sino alimentar con ello la sed de
dominación del personaje. Por tanto al mostrar debilidad y
comprensión lo que la mujer hace es contribuir a reforzar esa
mentalidad de dominio, de intento de someter a su pareja. Si la
víctima aprendiese desde el principio a detectar los signos de
violencia psicológica muchas mujeres conseguirían evitar su
propia muerte en el futuro.
CONTEXTO SOCIAL E HISTÓRICO
Añadamos a todo lo dicho, en aras de una explicación, la
influencia de los estereotipos de nuestra sociedad sobre la
superioridad del hombre sobre la mujer, incluso a pesar de los
avances que la mujer ha conseguido y que aún están a años luz de
que pueda ser considerada en paridad con el hombre. Una señal de
tal ejercicio del poder, entre otras muchas, es que son los
hombres quienes mayoritariamente maltratan hasta ese punto a sus
parejas. El por qué se dan ahora históricamente más agresiones
es porque ahora las mujeres se pueden separar más fácilmente de
sus compañeros y ya hemos dicho que las agresiones mortales
están en proporción directa con las separaciones. Antes también
existían pero en menor medida porque las mujeres no solían
separarse tan fácilmente.
Como el espacio no da para más es preciso decir que el asesino
es plenamente consciente de lo que hace, por lo cual no vale
aquello de que “no recuerdo nada de lo que ocurrió”. Normalmente
lo tienen bien pensado previamente.
Miguel Silveira
Diario El Comercio
2 de agosto de 2.006

Violencia escolar, muy explicable
13.400 profesores agredidos en el último curso son un claro
exponente de que esa violencia se va extendiendo a un ritmo
elevado en España. Las descalificaciones, amenazas, insultos y
agresiones físicas y verbales, los actos vandálicos son las
distintas formas en que muchos alumnos expresan su agresividad
cuando quien detenta la autoridad, como el profesor, tiene que
hacer uso de ella, si existe transgresión de la disciplina
académica o incluso si tiene que reñir a un alumno para que se
comporte. Este fenómeno social en fase de expansión no es algo
repentino y tiene claras explicaciones, otra cosa distinta es
que tenga solución fácil, que no la tiene. Afortunadamente es
aún una minoría la que ejerce la violencia física y una minoría
más amplia la que ejerce la violencia verbal contra la autoridad
docente, pero va creciendo el número de alumnos violentos y la
intensidad de sus acciones. La autoridad del profesor comienza a
estar seriamente asediada y cunde la sensación de impotencia
porque el alumno sabe que sus acciones pueden quedar impunes.
Algo ocurre para que el profesor haya pasado de ser un
profesional respetado a estar desprestigiado y sin autoridad.
Contexto psicológico
Este fenómeno se entiende acudiendo a dos contextos, el
psicológico del propio individuo que ejerce la violencia y el
sociológico, en especial el familiar, pero también el ambiente
social imperante. Un alumno explota violentamente cuando se
siente frustrado en sus intentos de salirse con la suya, cuando
se encuentra con obstáculos en el camino de satisfacer sus
deseos a toda costa, cuando se siente sujeto de derechos y ve en
quien le señala sus obligaciones un enemigo o cuando ese mismo
alumno no considera inaceptables algunas de sus conductas,
aunque lo sean, sino que las justifica y defiende y ataca a
quien le exige, reconviene o recrimina y con más razón a quien
pretende castigarle por transgredir la norma. La violencia es
así un modo o recurso de derribar cualquier barrera que se
interponga en el camino de hacer lo que realmente le apetece,
pero que no debe hacer. Si el sujeto es un ser impulsivo, por
inquieto, hay más probabilidad de reaccionar violentamente ante
cualquier obstáculo que le frene.
Contexto sociológico
Esta explicación es aplicable en todos los casos. Es universal
que el ser humano reaccione más o menos violentamente cuando se
ve frustrado.
Pero en el caso que nos ocupa es aconsejable acudir al contexto
sociológico para encontrar una explicación más precisa que
justifique el por qué este fenómeno va adquiriendo tanta
relevancia. Si un chico ha crecido en una familia en la que se
le han satisfecho con gran facilidad sus peticiones y caprichos
tendrá la conciencia de que fuera en el mundo ha de ocurrir otro
tanto de lo mismo. Si se ha educado en un ambiente familiar en
el que no se le ha obligado a cumplir unas normas, bien porque
algunas no hayan existido o bien porque, aunque existiesen, se
las podía saltar a la torera por sistema sin que se le llamase
la atención y por supuesto no se le castigase si las infringía
¿cómo va a reaccionar humilde y obedientemente cuando sus
profesores, por ejemplo, pretendan que se esfuerce, que se calle
en la clase, que apague el móvil, que haga sus deberes o que
trate bien el material del centro? ¿Cómo reaccionará ante un NO
cuando ha experimentado que en su familia se le ha dicho que SI
o aceptado sus caprichos o se han plegado a sus rabietas, a sus
voces o a sus imposiciones? ¿Cómo va reaccionar como súbdito
escolar cuando tiene conciencia de haber sido el rey o un tirano
con sus padres, con el permiso de estos? ¿Cómo va a aceptar que
le suspendan o fracase en la consecución de sus objetivos si
casi siempre se salió con la suya? ¿Cómo va a callarse cuando le
recriminan su actitud, si siempre interrumpió desde pequeño a
sus padres mientras estos estaban hablando ¿Cómo pedir perdón
cuando nunca lo pidió? ¿Cómo va a aceptar que le digan que se
esté quieto quien desde muy pequeño no lo hizo ni en casa ni en
la consulta del pediatra, ni en ningún sitio donde debía estarlo
hasta que le llegase su turno de moverse? ¿Cómo no va a pegar a
un profesor si le dio una patada a su madre o arrojó por el
suelo la comida un dia porque no le gustaba?
Esa violencia, que algunos ejercen, viene ya alimentada por una
educación familiar basada en consentir al hijo porque si se le
frustra se enfada y parece, erróneamente, que se le quiere
menos.
Añadamos a esto que muchos de los padres en cuanto que se
enteran de que a sus hijos se les ha reñido en el colegio por
sus comportamientos indisciplinados no sólo no riñen al hijo
sino que ellos mismos echan contra ese profesor o en el peor de
los casos se presentan en el instituto y ponen a parir a quienes
les decomisaron algún objeto peligroso, les mandan un
apercibimiento por alterar la convivencia y el ritmo de la clase
o simplemente porque les han recriminado.
Una perspectiva social más amplia
Si a esto le añadimos que en esta sociedad el violento y
agresivo es un ser noticiable, tiene fama y respeto por el miedo
que impone, que suele salirse con la suya impunemente, o casi, a
la vista de cómo muchos infractores de las leyes entran a la
comisaría y salen al momento sin mayores problemas, que el que
protesta o agrede consigue intimidar a los demás y estos
plegarse, que todo el mundo se ha vuelto más reivindicativo de
sus derechos pero al mismo tiempo las obligaciones son más bien
ignoradas, si añadimos que el violento y agresivo consigue que
su presión dé resultado, si sabemos que el ejercicio legítimo de
la autoridad está desprestigiada y mal vista y la autoridad por
tanto no cotiza al alza en el mercado de valores humanos y
protestar aunque sea sin razón es signo de poder, tendremos una
visión un poco más precisa y una explicación un poco más
completa de este fenómeno creciente. Las cosas no ocurren porque
sí.
Miguel Silveira
Diario El Comercio
7 de julio de 2.006

Algunas pautas para con los adolescentes
Conductas esperables en ellos:
1.- Que de pronto se vuelvan más rebeldes y protestotes
2.- Que por nada pongan a los padres malas o muy malas caras
3.- Que comiencen a bajar su rendimiento académico
4.- Que dejen de cumplir algunas de sus responsabilidades
5.- Que acusen a los padres de que no se puede hablar con ellos
6.- Que amenacen con marchar de casa cualquier dia o cuando
cumplan los 18.
7.- Que digan que le tienen los padres agobiados
8.- Que empiecen a pirar clase
9.- Que digan “ es que a mis amigos les dejan…les dan…”
LOS PADRES DEBEMOS ACTUAR EN LÍNEAS GENERALES CON LAS SIGUENTE
PAUTAS.
1.- No entrar a discutir acaloradamente con ellos ni a dar voces
por su rebeldía y sus protestas. Lo empeoraríamos. Pero no
consentirles que se salgan con la suya en asuntos importantes
porque sería una forma de permitirles que tengan control sobre
nosotros.
2.- No hay que afectarse porque pongan malas caras o muy malas.
Es mejor no darse por aludidos. Si les señalamos su mal gesto y
les reñimos lo empeoramos. Dejarles que pongan la cara que
quieran con tal de no consentirles casi todo que para que
mejoren sus gestos y modales. Sus maneras incorrectas pueden ser
una medida para lograr lo que pretenden.
3.- Si comienzan a bajar su rendimiento académico y se sabe que
no hay justificación para ello han de saber que no se les
consentirá y por ello saldrán perdiendo satisfacciones, cosas o
beneficios por ello. Si hay justificación se procederá en
consecuencia dependiendo del caso, asesorados por expertos.
4.- No se les puede consentir que dejen de cumplir algunas
responsabilidades importantes, como asistir a clase, hacer
diariamente sus deberes, tratar con respeto y educación a la
familia, los profesores, los vecinos, respetar los horarios de
salida, respetar la propiedad de los demás y sus derechos etc,
etc. No se debe bajar la guardia en las obligaciones
importantes. No gritarles o sermonearles por ello sino
simplemente decirles que van a perder algunos beneficios, todo
ello, a ser posible, sin levantar la voz ni perder el control de
los nervios.
5.- Si no es verdad lo que dicen de que no se puede hablar con
ellos y que simplemente lo que ocurre es que los padres dialogan
pero no consienten lo que no se puede consentir, dejarles que se
desahoguen, sin hacerles caso. Si es verdad que los padres no
quieren dialogar tienen estos que esforzarse en hablar con ellos
para entender qué está sucediendo y si llevan razón dársela y si
hay que cambiar algo, cambiarlo.
6.- Si las amenazas son injustificadas porque no se les maltrata
y son un medio de chantaje no hay que hacerles ni caso. O
decirles que no hay problema en que se marchen cuando tengan esa
edad. No discutir sobre este supuesto. Lo que pretenden es
amenazar para asustar a los padres y que estos cedan ante sus
exigencias.
7.- Si el agobio es porque los padres no dejan casi todos los
dias de meterse con ellos y llamarles la atención por miles de
detalles o hacerles constantemente recomendaciones es
conveniente que los padres eviten esa mala manía porque no ayuda
a que se corrijan sino que crean más enfrentamientos y hace que
se sientan asfixiados.
8.- No se les debe consentir que piren y hay que sancionarlos
por incumplir su obligación sobre todo hasta tercero de la ESO.
En cuarto (y en casos excepcionales en tercero) hay casos,
cuando tienen 16 años, en que conviene que dejen de estudiar la
ESO y se preparen para cualquier otra habilidad como aprendices,
pero esto debería hacerse convenientemente asesorados por el
Orientador del centro donde estudien. Hay que estudiar cada
caso. Si persisten en pirar de todas formas vale más retirarlos
de los estudios oficiales y buscar otra formación ocupacional
que les interese y motive más.
9.-Ese argumento no debe valer ni aceptarse. No conviene que se
diferencien demasiado de sus amigos “normales” en cuanto a ropa,
salidas, dinero etc. pero tampoco dejarles que se asemejen a
amigos cuyos padres les consienten de todo o más de lo debido.
Si los padres no saben manejar una situación que se presenta o
cada cual actúa de modo diferente y todo ello crea excesiva
tensión deben consultar a un experto en psicología de la
educación. Es preferible que alguien les asegure de que están
acertados o no y ponerlo en práctica porque hay veces que los
padres llegan a dudar de que lo estén haciendo debidamente. La
presión social es muy fuerte y la del hijo puede ser también muy
fuerte y además hay que actuar en los aspectos importantes con
firmeza mientras que en otros se puede negociar porque son
aspectos secundarios que no alteran lo esencial de la educación.
No se olvide que lo esperable (de eso no hay que extrañarse) es
que ellos presionen para conseguir todo lo que les gusta y creen
que les conviene incluso bajando sus niveles de esfuerzo y a
esto hay que procurar no sucumbir aunque la guerra puede
prolongarse a veces hasta dos, tres o más años.
En general el hijo debe percibir que hay proporción entre su
esfuerzo y cumplimiento de sus obligaciones y los beneficios que
recibe a cambio.
En la mayor parte de los adolescentes hay que esperar una
tensión con sus padres y viceversa y no hay que asustarse por
ello sino irlo manejando como mejor se pueda. A veces la
situación es casi insoportable y poco se puede hacer para
establecer un clima relajado.
El progenitor que más insista en que el hijo se atenga a las
normas y más firme se muestre será el mayor enemigo del hijo y
el que sufrirá más desgaste y más enfrentamientos. Pero ese
progenitor no debe ceder por congraciarse con el hijo si cree
que está haciendo las cosas bien. Es un precio que hay que pagar
y el adolescente probablemente lo reconozca muchos años más
tarde.
Por tanto hay que armarse de mucha paciencia sin renunciar al
mantenimiento de la disciplina, no queda otra salida y esperar a
que vaya remitiendo poco a poco la tormenta…con los meses o más
bien….con los años.
Uno de los más frecuentes errores que los padres cometemos es el
de estar demasiado encima de ellos para muchas cosas, bastantes
por cierto innecesarias por intrascendentes, por lo que la
intervención debería reducirse a los aspectos básicos y evitarse
con ello muchos enfrentamientos. No olvidar que con los
adolescentes es inevitable armarse de muchísima paciencia ya que
los padres pueden cambiarlos muy poco, dada su rebeldía natural
en cuanto adolescentes y esperar a que ellos vayan evolucionando
y madurando, aunque este proceso puede, ya se ha dicho,
prolongarse varios años. Y no olvidar también que son personas
en pleno proceso de construcción que por la edad por la que
atraviesan padecen muchas turbulencias interiores, mucha
desorientación y emociones encontradas además de incontrolables
a veces. Por eso hay que armarse de paciencia hasta que su
tormenta vaya amainando con el paso de los años.
Aunque todas estas aportaciones no abarcan todo el espectro de
las relaciones entre adolescentes y sus padres o tutores
pretenden servir de orientación y ayuda general.
Miguel Silveira

Hijos maltratadores ¿Qué
haría usted si su hijo de tres años le diera patadas para llamar
su atención y conseguir lo que pretende? ¿O si su hijo de
catorce le insultara y le amenazara con marcharse de casa por no
comprarle aquella prenda de tal marca o no dejarle ir a la
discoteca? ¿Y si a los dieciséis le advierte de que puede llamar
a su pandilla para romperle el coche por negarse a complacerle
en muchos de sus caprichos, o la emprende contra la puerta del
salón hasta hacerla añicos? Todos estos interrogantes proceden
de adolescentes conocidos. El número de chicos que agreden o
intimidan a sus padres es un fenómeno creciente. Los padres no
saben qué hacer y claudican o acuden a los jueces. No pueden con
ellos.
El comportamiento violento no surge de la noche a la mañana. El
futuro agresor comienza por ejercer poquito a poco una presión
sobre los padres en beneficio propio y, si nota que ceden y le
da resultado, la mantendrá de diferentes modos y en distintos
lugares y momentos. Empezará por las rabietas, los llantos, por
dar voces, patadas o dañar algún mueble. Seguirá, acaso,
culpando a sus padres de que no le quieren si no le compran
algo, para después amenazar con marcharse de casa si le riñen y
chantajear o intimidar de diferentes formas. Tratará de salirse
con la suya, llegando más tarde de la cuenta si es adolescente o
haciendo lo que tiene vetado y amenazando con denunciar a sus
padres si le tocan un pelo.
Si en todo este proceso el hijo nota que sus estrategias le dan
resultado, seguirá presionando y tendremos así un potencial
futuro agresor, aunque no todos los que presionan acaben
agrediendo formalmente. Cuando un hijo llega a desbordar a sus
padres, seguramente lleva amos saltándose los límites fijados y
viendo que en realidad no tiene consecuencias adversas. Es un
proceso imperceptible para los padres. Una educación demasiado
permisiva -sin miedo ni valores éticos que actúen de contrapeso
y contención de sus impulsos- puede tener como consecuencia esas
conductas violentas.
El éxito de los violentos. A este proceso psicológico individual
se suma la creencia social, cada vez más asumida, de que quien
se impone por la fuerza, consigue eficazmente mantener el
control de los demás y salirse con la suya, y de que la
violencia es un instrumento de intimidación y de solucionar los
problemas. Los agresores de hecho gozan de mayor popularidad que
los pacíficos y están reforzados socialmente.
Qué hacer. Está en manos de los padres contener, controlar,
frenar y poner límites a las presiones de los hijos ya desde
pequeños cuando éstas son muy fuertes, constantes, excesivas e
injustificadas y logran arrollar a todo aquel que cede ante
ellas.
Es muy importante ser tenaz, mantener esta contención. Es una
labor preventiva y la más eficaz para evitar que se consolide el
futuro agresor.
Cuando no se ha actuado previamente con firmeza y se ha ido
perdiendo el control efectivo, al llegar a la adolescencia
resulta muy difícil contener al o a la joven, porque ya está muy
crecido física y psicológicamente y está bien entrenado. Para
entonces, no queda más remedio que plantarse ante las demandas
excesivas y, sólo si los padres no son capaces de aguantar esa
avalancha o hay peligro de lesiones, se deberá acudir a la
justicia.
Miguel Silveira Magazine la
vanguardia
4 de agosto de 2.002

Contacto muy saludable Una
persona recibió como consejo terapéutico que se abrazara a un
árbol cuando quisiera relajarse y le pareció extraño. Esto, que
puede parecer una simpleza y un absurdo, tiene sentido en cuanto
que el contacto con la naturaleza y, por extensión, con el
cosmos permite recibir sus efluvios y ayuda a descargar tensión,
aunque existan otros muchos medios para relajarse. Es un escalón
más alto de los seres vivos, acariciar a nuestro perro o nuestro
gato puede producir la sensación de calma y de sosiego. Un
aspecto más del beneficio que ese intercambio con la naturaleza
ofrece. Pero si el contacto es con los seres humanos, la ventaja
derivada es superior.
Muchísimos estudios demuestran que tocar y acariciar a un recién
nacido es casi indispensable para el crecimiento de las defensas
de su sistema inmunológico y para la estimulación de sus
sistemas orgánicos, como el neurológico, el circulatorio y
otros. Es tan bueno para ellos como malo para su salud no
acariciarlos. Sin embargo, en nuestra cultura occidental a
partir de cierta edad se restringen las caricias porque tienen
connotaciones negativas y cierto aire de tabú, lo cual es un
error a todas luces.
Todo son ventajas. Las caricias y el contacto siguen siendo una
necesidad, aunque seamos adultos, sobre todo por la relajación
que nos producen, puesto que son liberadoras de endorfinas,
sustancias que hacen sentir un bienestar que ni sus famosos
sucedáneos proporcionan. También por el alivio, consuelo y
seguridad que aportan y que tanto necesitamos para salvaguardar
la salud física y emocional. Pero incluso porque nos hacen
sentir importantes para el otro y ayudan a percibirnos más
estimados. También para comunicarnos, puesto que la comunicación
entre personas no sólo ocurre a través de las palabras.
Las caricias, el contacto, los tocamientos permitidos y nunca no
consentidos son un buen nutriente de la salud mental, y su
carencia produce muchas alteraciones. Por eso hay que tocarse
más y más frecuentemente con distintas excusas.
No podemos decir que hay escasez de medios pues, según el
momento y la persona, se puede acudir a estrecharse la mano,
darse unas palmadas en el brazo o en el hombro, hacer
cosquillas, besar, acariciar, abrazar y, por supuesto, fundirse
en un cuerpo con el otro. Está indicado también rascar la
espalda o acariciar el pelo. En fin, cualquier manera de tocar
afectuosamente.
Aunque nos veamos rodeados de miles de personas, podemos
sentirnos aislados, y para contrarrestar ese aislamiento
necesitamos sentir el contacto con los otros. No sólo los que
tuvieron la desgracia de no sentir las caricias de sus padres
por diversas razones andan necesitados. Todos, en mayor o menor
grado, andamos sedientos de muestras de afecto y de apoyo
emocional, y el contacto físico afectivo nos alivia esa sed. Una
cosa es saber que nos quieren y estiman, y otra, sentirlo a
través de la piel.
Hay que tocarse más. Si nos tocásemos más habría mucha menos
violencia en general en nuestro trato con los demás dentro y
fuera de la familia, menos crímenes incluso, menos violaciones,
menos enfermedades, menos alteraciones y, por lo mismo, muchos
menos disgustos. Por supuesto, menos tensión nerviosa y menos
desazón de la que experimentamos. Por eso hay que tocarse, sin
confundirlo sólo con lo erótico-sexual y evitando los
malentendidos.
No es fácil practicarlo si uno no tiene esa costumbre, pero todo
es cuestión de empezar poco a poco y comprobar que no pasa nada
y, si pasa, con frenarlo, en ese caso, es suficiente. Tocarse es
una forma de mostrar no sólo nuestro amor, sino el aprecio y la
estima de los que nos rodean. ¿Alguien se extraña de que
proliferen las ofertas de masajes?
Miguel Silveira Magazine La
Vanguardia
25 de marzo de 2.003
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