Da mucho cariño a tu hijo, acaríciale y abrázale. Dile
que le quieres. Además de sentirlo es conveniente que lo oiga de tus labios. La conciencia de
verse querido le proporciona fuerza personal y le hace sentirse más seguro.
El verdadero cariño también implica decir NO cuando lo que tu hijo te pide no le conviene o
incluso le perjudica. Es importante no consentirle por sistema. A veces decir NO puede
resultar incómodo y violento pero, en ocasiones, no queda más remedio, aunque él no le
entienda y se resista.
No utilices adjetivos descalificadores con él cuando estás enfadado. Nunca le insultes ni
le faltes al respeto. Puedes hacer mucho daño a su autoestima y lo pagará caro con el
tiempo. Basta con señalar las conductas negativas, sin atacar a su persona.
El auténtico cariño hacia un hijo implica también poner límites. Recordarle que hay cosas
que no debe hacer. Implica no darle todo lo que quiera, no consentirle cosas que sabemos
que no le ayudan a ser una persona madura. Implica también, reñirle algunas veces.
Enséñale, desde pequeño, a tratar bien las cosas en general, ya sean suyas o ajenas, a
reciclar los residuos, a respetar los animales y la naturaleza, a procurar dejar siempre las
cosas en su sitio. Todo esto le humaniza, le organiza y le aleja del caos.